Eugenio Ibarzabal* nos comentaba a lo largo de uno de sus magníficos cursos que todas las personas actuamos en base a nuestros paradigmas; es decir, a modelos mentales que nos conducen a interpretar la realidad de una forma concreta, seguramente diferente de la de otra persona que tengas bien cerca.

Así es, cada cual cuenta con sus vivencias, sus aprendizajes, sus sentimientos y experiencias. Todo aquello que va conformando nuestra forma de ser y de vivir; también de pensar e interpretar la vida.

ParadigmaEs necesario ser consciente de esta realidad, dado que lo contrario te anclará en unos paradigmas inflexibles, normalmente origen de desavenencias, desacuerdos y falta de consenso a la hora de afrontar retos. Dado que el proyecto educativo de un centro es un reto grupal, es muy importante que las aportaciones de los individuos se entiendan como puntos de vista, válidos y convergentes; Se defiendan con sinceridad y honestidad, pero también con la flexibilidad que exige un consenso necesario, soporte de un proyecto estable y firme.

En educación conocemos algunos paradigmas, o modelos mentales, que conducen al inmovilismo; a una praxis dudosa; a dificultar los deseos y necesidad de cambio y mejora. Seguramente, todos hayamos escuchado alguno de estos paradigmas. Por citar algunos:

– “Esto es otra moda que ya pasará”
– “Estas cosas las llevo yo haciendo toda la vida con otro nombre”
– “Nosotros no aprendimos con tanta sofisticación y mira qué bien nos ha ido”
– “Yo ya estoy mayor para cambios”
– “Yo ya cambiaría pero no nos dejan”

Quién no ha escuchado estos y muchos otros modelos mentales. Pero, ¿qué ocultan realmente?, ¿ocultan miedo, pereza, intranquilidad, comodidad, impotencia, indefensión? Quizás no se deba generalizar y cada cual tenga sus razones para anclarse a uno o varios paradigmas. Lo cierto es que el alumnado sometido a paradigmas limitantes docentes, se queda estancado y en el siglo XXI, si no te mueves, te extingues.

Y lo cierto es, también, que un equipo de profesores con paradigmas limitantes no puede sentir el éxito de sacar adelante un proyecto educativo común. Ese proceder, en el día a día de cualquier empresa, la llevaría a la quiebra inequívocamente en un plazo cortísimo de tiempo. ¿En educación vale todo? Los que pensamos que no, no tenemos miedo a movernos, a intentarlo, a errar, a pedir perdón y volver a empezar. La recompensa, en cambio, es la felicidad en las caras de profesionales que saben que su agotamiento es el granito de arena que dejan en el futuro que están ayudando a construir.