No es lo mismo educar a los niños dando respuesta a sus deseos, que dando respuesta a sus necesidades.

Si a un niño le preguntas: “¿Qué quieres?”, la respuesta, sin lugar a dudas, no se haría esperar: “¡Todo!”

>¿Desea límites el niño? ¡No! Pues que haga lo que quiera, pobrecito…

>¿Desea un niño comer verdura o pescado? ¡No! Pues le damos solo lo que le gusta, pobrecito…

>¿Desea un niño apagar la televisión y ponerse a hacer los deberes? ¡No! Pues que continúe viendo la televisión, pobrecito…

Si pretendemos educar dando respuestas a las necesidades, el modo de actuación sería muy diferente:

>¿Necesita límites el niño? ¡Claro! Pues pongamos límites cuando sea necesario.

>¿Necesita un niño comer verdura o pescado? ¡Claro! Pues en este caso, si hace falta, tendremos que insistir en que coma todo tipo de alimentos.

>¿Necesita un niño hacer sus deberes? ¡Claro! Por tanto, no hay discusión ni negociación posible: no se ve la televisión hasta que no estén terminados los deberes.

>¿Necesita un niño demostraciones de afecto y reconocimiento? ¡Claro! Hay que ser generosos a la hora de demostrar a nuestros hijos que les queremos.

Debemos alejarnos de la idea del amor entendido como buscar “la satisfacción incondicional del otro”.

Educar atendiendo a las necesidades no es una fórmula infalible, pero es un criterio de actuación muy útil para poder decidir con más acierto qué respuesta dar en cada caso.