Aprender a escuchar es una condición primordial para comunicarnos en la familia de manera satisfactoria.

Podríamos distinguir cuatro tipos de escucha, cuya diferencia principal radica en los efectos que provocan en los demás:

> Escucha de traición: Juzgar, opinar, culpabilizar, cuestionar, minimizar, burlarse, negar…Provoca rabia, enojo; nos molesta que nos escuchen así.

> Escucha de buenas intenciones: Aconsejar, solucionar, calmar, convencer, compadecer, animar… No molesta, pero tampoco soluciona nada, manteniendo el mismo estado emocional.

> Escucha empática: Comprender, escuchar, atender, apoyar… Podríamos definirla como escuchar de forma auténtica, activa, sin interrupciones y poniéndonos en el lugar del otro.

> Escucha circular: Comenzar con escucha empática y continuar con escucha de buenas intenciones.

Un ejemplo

Juan está furioso porque está haciendo los deberes de matemáticas y no los entiende.

Su madre empieza a oír gritos, acude corriendo y, preocupada, le pregunta a su hijo qué ocurre. Juan contesta que no pasa nada y su madre insiste una y otra vez en hablar. Juan, fuera de sí, contesta mal a su madre.

Ya son dos personas enfadadas: Juan y su madre.

¿Qué ha fallado?

En este caso, la intención de la madre de Juan era buena, pero en caso de emociones extremas, con las buenas intenciones no basta. Claramente, el tipo de escucha utilizada no ha sido el más adecuado.

La madre de Juan hubiera sido más eficaz practicando una escucha empática (escuchar y no hacer ni decir nada hasta que Juan se hubiera calmado).

En general, no debemos precipitarnos por resolver los conflictos, ya que, con frecuencia, el curso natural de los acontecimientos pone las cosas en su lugar.