Las emociones producen siempre una respuesta corporal más o menos visible e intensa dependiendo de la importancia que tenga lo que estemos sintiendo.

Por ejemplo, si nos llaman del colegio para avisarnos de que nuestro hijo se ha hecho daño durante la hora del patio y que, aunque no ha sido grave, lo han llevado al hospital, es posible que la emoción del miedo al escuchar la noticia nos provoque palpitaciones, temblor en la voz y en el cuerpo o sudoración.

Nuestro cerebro no distingue entre lo real y lo imaginario. Si tenemos una pesadilla, a pesar de que nos despertemos y nos demos cuenta de que todo ha sido un mal sueño, nuestro cerebro y nuestro cuerpo reaccionan exactamente igual que si la situación fuera real (nos despertamos de golpe, sabemos que estamos en la habitación, pero sufrimos sudoración, palpitaciones…).

Esto también les ocurre a nuestros hijos, ¿cuántas veces se han despertado llorando y temblando después de haber tenido una pesadilla?

Pensemos en los efectos que puede tener revivir continuamente un suceso negativo o traumático que nos haya sucedido. De alguna manera volvemos a sufrir innecesariamente.

De ahí la importancia de aprender a superar los problemas de forma positiva y práctica. No sirve de nada dar vueltas y más vueltas a algo que ya ha sucedido, ya que nuestra mente y nuestro cuerpo sufrirían una y otra vez las consecuencias de las emociones negativas.

Muchas enfermedades, tanto físicas como psicológicas, parecen tener relación con un suceso traumático no superado.

Esto no quiere decir que no tengamos que pasar cierto período de duelo ante las pérdidas o situaciones difíciles, sino que no nos podemos quedar anclados en el pasado.

Si damos la vuelta a la situación, podemos aprovechar de forma estratégica este mecanismo para “engañar” a nuestro cerebro. Si aprendemos a visualizar momentos felices y agradables, seremos capaces de autogenerarnos bienestar emocional de forma voluntaria.

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¿Cómo aprovechar esta ventaja con nuestros hijos?

Podemos ayudar a nuestros hijos a que aprendan a relajarse. Para ello, en silencio y con los ojos cerrados, les narraremos historias placenteras o les haremos recordar momentos felices (hoy día hay libros de relajación y visualizaciones para niños que son de gran ayuda)..

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Poco a poco, ellos mismos podrán generar sus propias visualizaciones. Con práctica y constancia, dispondrán de un recurso interno muy potente del cual podrán disponer a voluntad cada vez que lo necesiten.

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