Arte e invierno casan bien. Una buena propuesta para estos fríos días invernales es acercarse a las exposiciones de arte. Y si es con los pequeños y pequeñas de la casa (y quienes no lo son tanto), mejor. Es una interesante oportunidad para conocer las creaciones artísticas y acercar el arte a toda la familia… o a nuestro alumnado, si somos docentes. Y una cosa muy recomendable es comenzar con algunas de las exposiciones de pintoras.

El mundo del arte, tal y como nos lo enseñan, se nos muestra como un ámbito restringido a los varones, donde las artistas no están presentes. De hecho, solo tenemos que preguntarnos a nosotros mismos a qué pintoras conocemos y, en general y salvo excepciones, conocemos o pocas o incluso ninguna. Claro, lo siguiente es pensar que ellas no han podido crear, no tienen obra y por esta razón no las conocemos. Es decir, que no hay. Y ahí ya tenemos el error de percepción instalado como una certeza: no hay casi pintoras. Un error que, desgraciadamente y en forma de prejuicio, nos amputa buena parte de nuestro legado artístico. Un legado que nos pertenece a todos, mujeres y hombres.

Esta falsa impresión viene dada por el silenciamiento y la falta de divulgación de toda la creación artística de autoría femenina… que, además, nos produce una idea de arte claramente empobrecida, carencial, pues de ella hemos expulsado toda la obra que desde siempre han creado las artistas y nos hemos quedado tan tranquilos.

No está de más recordar que la producción de las pintoras (y las músicas y las escritoras y las científicas) se ha visto mediatizada por unas barreras sociales mucho mayores —como su menor acceso a la educación y la cultura— que les impedían desarrollar una carrera fuera del ámbito del hogar. Esto se ha visto reflejado en la elección de géneros —como el bodegón, las flores o los retratos— que han sabido tratar con maestría o con perspectivas, formatos y temáticas diferentes. Ellas aportan un punto de vista y una maestría sin la cual no está completa nuestra tradición artística.

Sin embargo, la sistemática ausencia de los museos, las exposiciones, las historias del arte o los manuales han “normalizado” una cultura, un arte, cuyos únicos protagonistas son los hombres, un arte que parece posible sin mujeres. Un despropósito, vamos. Una carencia importante para nuestra visión de mundo, que se va forjando sin ellas.

Por eso, visitar las exposiciones de pintoras resulta algo especialmente recomendable. Sobre todo, para los más pequeños de la casa, para quienes el mundo del arte se abre de una forma incomparablemente más rica, pues normalizan desde el principio el arte como un espacio creado por artistas hombres y mujeres… pero también —y eso, además, a las niñas les viene muy bien— les presenta modelos de ser mujer. La verdad es que a ellas les da mucha seguridad, se ven dueñas de sí, capaces de poder elegir cualquier opción en la vida porque, efectivamente, tienen modelos. Eso de “yo, de mayor, quiero ser como…”

Este invierno en Madrid nos encontramos con algunas exposiciones estupendas que pueden servirnos para acercarnos a algunas de las mejores pintoras.

La primera la presenta El Prado. Una estupenda exposición de dos de las más relevantes pintoras del XVI: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana.

Autorretrato en el caballete, Sofonisba Anguissola. «1001 Pinturas que debes ver antes de morir». Muzeum Zamek w Lancucie, Lancut,

Sofonisba Anguissola brilló en la corte de Felipe II como pintora, lo que le dio una repercusión y un notable reconocimiento en la época. Nació en una familia italiana que educó muy bien a sus hijas, una de sus hermanas, Lucía, también destacó en la pintura. Sus cuidados y vivos retratos están entre lo mejor de su estupenda producción y transmiten con gran delicadeza valores ligados al humanismo y al saber, así como a la familia. Entre los retratos de Sofonisba encontramos el muy conocido de Felipe II, casi su retrato oficial, que había sido atribuido a otros pintores hasta que se reconoció su autoría. O el retrato de la poderosa e intrigante, además de bella y tuerta, Princesa de Éboli, con esa determinación, distancia y delicadeza que imprime a su mirada y a su talante.

Retrato de un prelado California, 1580. Atribuido a Lavinia Fontana.
© 2000-2019 The Metropolitan Museum of Art (MET)

Por su parte, Lavinia Fontana nació en Bolonia en un siglo que vio tantas grandes pintoras, como Barbara Longhi, Elisabetta Sirani o la gran Fede Galizia, pionera de los bodegones y cuya excelencia marcó la composición y el canon del género. Lavinia tuvo una exitosa carrera, donde llegó a disputar y obtener encargos papales. Jugaba en primera liga. Su marido siempre reconoció el talento de Lavinia y actúo como colaborador y ayudante de su esposa, sin que se le cayeran los anillos, lo que le valió recibir críticas en su tiempo. Pero parece que fue una pareja muy bien avenida, con once hijos y una buena colaboración en el trabajo. Como vemos, todas las épocas tienen hombres auténticos que no se dejan llevar por prejuicios.

Esta es la segunda exposición sobre pintoras que hacen en El Prado en más de 200 años. Así que ya les vale. Sobre todo, porque existen muy pocas posibilidades de poder ver esa brillante e indispensable producción artística y eso es cometido del museo divulgarla y darla a conocer. Parece que las cosas van cambiando y vamos notando la necesidad de conocer a nuestras artistas también. Menos mal.

«Mamá», de Louis Bourgeois

Pero no solo está el Prado, también el Reina Sofía presenta exposiciones y colecciones muy interesantes. Encontramos las monográficas individuales, como la de Louise Bourgeois —Louise Bourgeois. El cuerpo en exilio (1947-49)— o la hispano-brasileña Sara Ramo —lindalocaviejabruja— , entre otras muy interesantes, y las colectivas como la de las artistas pop —Fuera del canon. Las artistas pop en España— o de las artistas que compartieron reivindicaciones —Vindicaciones feministas—. Todas ellas nos permiten conocer parte de la obra de estas artistas, algo estupendo. Pero todavía mejor es el planteamiento de algunas de estas exposiciones, que (¡por fin!) ya integran a pintoras cuando ofrecen las obras de una corriente. Ese planteamiento es el que permite ir resituando los referentes, entretejiendo memoria.

«El hombre gato», de Remedios Varo.

Es lo que ocurre cuando presentan el surrealismo (El surrealismo en el exilio español) y no se olvidan ya de Remedios Varo

«Mujer con guitarra», de María Blanchard.

o el cubismo (Cubismo y modernidad) y no olvidan tampoco de María Blanchard. Algo que era y sigue siendo muy habitual. Falta más, pero ese es el camino. El hecho de tenerlas presentes en el tejido de la época las incorpora a la memoria colectiva y, así, va ampliando nuestro entramado cultural, hasta ahora habitado casi exclusivamente por hombres, con las creaciones de ellas. Resultan imprescindibles para saber cómo y qué se creó desde ese otro espacio de la sociedad habitado por mujeres sobre el que no solemos fijar la mirada.

Por todo ello, es muy recomendable acercarse a dar una vuelta por allí y comentar las cosas que nos gustan y nos sorprenden o extrañan. Cualquiera de estas propuestas u otras –en el Reina Sofía hay bastantes más— nos pueden servir. Con las pequeñas y los pequeños de la casa o la escuela, sobre todo. Así vamos creando, de verdad, un conocimiento individual que va tramando una cultura compartida, más real, donde todas las personas, mujeres y hombres, se ven reconocidas en las creaciones. En definitiva, una cultura universal, no restringidamente masculina, más amplia, matizada y diversa que nos enriquece a todas. Ese es el tema.

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Ana López Navajas es profesora de Lengua y Literatura, investigadora vinculada a la Universitat de València y asesora de Coeducación e Igualdad en la Formación del Profesorado en la Conselleria.

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